Shirley
Shirley —Joe cambia mucho en su casa —dijo Shirley—. Yo lo he visto más pacÃfico que un cordero. No hay un marido mejor en todo Briarfield. Con su mujer no es nada dogmático.
—Mi mujer es modesta y muy trabajadora; el tiempo y las penalidades le han quitado toda la vanidad; pero ése no es su caso, señoritas. Y además, creen saber mucho, pero tengo para mà que no son más que frivolidades lo que conocen. Puedo hablar de un dÃa, hace un año, en que la señorita Caroline entró en la oficina de contabilidad mientras yo estaba empaquetando algo detrás del escritorio grande, y no me vio. Y le enseñó una pizarra con una suma al patrón: no era más que una suma insignificante que nuestro Harry habrÃa hecho en dos minutos. Ella no sabÃa hacerla; tuvo que enseñarle el señor Moore, y aun asà no lo entendió.
—¡TonterÃas, Joe!