Shirley

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Los rectores, sus coadjutores y mayordomos habían salido al pórtico de la iglesia. Fue mucha la cháchara, los apretones de manos, el felicitarse mutuamente por los sermones respectivos, y el recomendarse tener cuidado con el relente de la noche, etcétera. La muchedumbre se dispersó paulatinamente; los carruajes se alejaron. La señorita Keeldar emergía de su refugio floral justamente cuando el señor Helstone entraba en el jardín e iba a su encuentro.

—¡Oh! ¡A usted la buscaba! —dijo—. Temía que se hubiera ido ya. ¡Caroline, ven!

Caroline se acercó, esperando, igual que Shirley, que la reprendiera por no haberse dejado ver en la iglesia. Sin embargo, el rector tenía otros asuntos en la cabeza.

—Esta noche no dormiré en casa —dijo—. Acabo de encontrarme con un viejo amigo y le he prometido acompañarle. Seguramente regresaré hacia el mediodía de mañana. Thomas, el sacristán, está ocupado, y no puede venir a dormir a casa como es su costumbre cuando yo me ausento por la noche. Ahora bien…

—Ahora bien —le interrumpió Shirley—, ¿me necesita como caballero, el primer caballero de Briarfield, en definitiva, para ocupar su puesto como señor de la rectoría y guardián de su sobrina y de sus criadas mientras esté usted fuera?


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