Shirley

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—Exactamente, capitán; he pensado que el puesto le satisfaría. ¿Honraría usted a Caroline hasta el punto de ser su invitada por una noche? ¿Se quedará aquí en lugar de volver a Fieldhead?

—¿Y qué hará la señora Pryor? Me está esperando en casa.

—Yo le enviaré recado. Vamos, quédese. Se hace tarde; la noche es húmeda. No me cabe duda de que Caroline y usted disfrutarán de la mutua compañía.

—Entonces prometo quedarme con ella —respondió Shirley—. Como bien dice, disfrutaremos de la mutua compañía: esta noche no nos separaremos. Vaya, vaya a reunirse con su viejo amigo y no tema por nosotras.

—Si por casualidad se produjera algún incidente durante la noche, capitán, si oyera un pestillo que se abre, un cristal que se rompe, un fuerte ruido de pasos en la casa (y no temo decirle a usted, que esconde un corazón templado y valiente bajo el fajín femenino, que tales lances son muy posibles en los tiempos que corren), ¿qué haría usted?

—No lo sé; me desmayaría quizá, caería al suelo y tendrían que levantarme. Pero, doctor, si me asigna usted un puesto de honor, debe proporcionarme armas. ¿De qué armas dispone en su fortaleza?

—¿Podría empuñar una espada?

—No; me las arreglaría mejor con el cuchillo de trinchar.


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