Shirley
Shirley Entraron en la casa y se dirigieron al oscuro comedor; a través de las ventanas abiertas penetraba el aire de la noche, llevando consigo el perfume de las flores del jardín, un sonido muy lejano de pasos que se alejaban por el camino a toda prisa y un suave y vago murmullo, cuyo origen explicó Caroline diciendo, mientras escuchaba desde la ventana:
—Shirley, oigo el discurrir del riachuelo por el Hollow.
Luego tocó la campanilla, pidió una bujía y pan con leche: la cena habitual de la señorita Keeldar, y también la suya. Cuando entró con la bandeja, Fanny habría cerrado las ventanas y los postigos, pero se le pidió que desistiera de momento: el crepúsculo era demasiado sereno y su brisa demasiado balsámica para excluirlos todavía. Comieron en silencio: Caroline se levantó una vez para quitar un jarro de flores del aparador y ponerlo en el alféizar, pues el aroma que exhalaban era demasiado intenso en medio del calor reinante. Al volver a su asiento, Caroline entreabrió un cajón y sacó algo que lanzó un claro destello en su mano.
—Así pues, esto es lo que me has asignado a mí, ¿no, Shirley? Es brillante, afilado y puntiagudo; parece peligroso. Jamás he sentido el impulso que podría incitarme a dirigir esto contra uno de mis semejantes. Me resulta difícil imaginar qué circunstancias podrían animar a mi brazo a golpear con este largo cuchillo.