Shirley

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—Yo detestaría hacerlo —replicó Shirley—, pero creo que podría, si me aguijonearan con ciertas exigencias que puedo imaginar. —La señorita Keeldar se bebió tranquilamente su vaso de leche fresca con aire pensativo y un poco pálida; claro que ¿cuándo no estaba pálida? Jamás tenía color en las mejillas.

Tras beberse la leche y comerse el pan volvieron a llamar a Fanny: a ella y a Eliza les recomendaron que se acostaran, cosa que estaban deseando hacer, cansadas por un día agotador cortando bollos de pasas, llenando hervidores y teteras, y yendo de un lado a otro con bandejas en las manos. Al poco rato se oyó cerrarse la puerta del dormitorio de las doncellas. Caroline cogió una vela y recorrió toda la casa en silencio para comprobar que todas las ventanas estaban cerradas y todas las puertas atrancadas. No eludió siquiera la atestada trascocina ni los sótanos semejantes a criptas. Tras visitarlos, regresó al comedor.

—No hay espíritu y carne en la casa en este momento —dijo— que no debiera estar aquí. Son casi las once, hora ya de acostarse, pero preferiría quedarme aquí un poco más, si no te importa, Shirley. Toma —añadió—, te he traído las pistolas del estudio de mi tío; puedes examinarlas a gusto.

Colocó el par de pistolas sobre la mesa.


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