Shirley

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Ambas se sentaron junto a la ventana y apoyaron los brazos en el alféizar, y ambas inclinaron la cabeza hacia la celosía abierta. Se veían el joven rostro la una a la otra a la luz de las estrellas y de ese difuso crepúsculo propio de junio que no desaparece completamente del oeste hasta que amanece por el este.

—El señor Helstone cree que no tenemos la menor idea de por qué se ha ido —murmuró la señorita Keeldar—, ni de su propósito, ni de sus preparativos y expectativas, pero yo lo adivino; ¿tú no?

—Algo sí.

—Todos esos caballeros, tu primo Moore incluido, creen que tú y yo estamos ahora durmiendo en nuestra cama, inconscientes.

—Sin preocuparnos por ellos, sin esperar nada ni temer por ellos —añadió Caroline.

Se hizo el silencio durante media hora. También la noche estaba callada; sólo el reloj de la iglesia medía su curso por cuartos. Se intercambiaron breves comentarios sobre el aire fresco: las dos jóvenes se arrebujaron con los chales, volvieron a ponerse el sombrero y reanudaron la vigilancia.


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