Shirley
Shirley Hacia la medianoche, los ladridos monótonos y fastidiosos del perro de la casa perturbaron la quietud de su vigilia. Caroline se levantó y recorrió en silencio los oscuros pasillos hasta la cocina, a fin de apaciguar al animal con un trozo de pan: lo logró. De regreso al comedor, lo encontró completamente a oscuras, pues la señorita Keeldar había apagado la bujía: el perfil de su figura era visible junto a la ventana, todavía abierta, asomada al exterior. La señorita Helstone no hizo preguntas: se acercó sin hacer ruido. El perro volvió a ladrar ferozmente; de repente se interrumpió y pareció escuchar. Las ocupantes del comedor aguzaron también los oídos, y no sólo para oír el rumor del arroyo de la fábrica: había un sonido más cercano, aunque amortiguado, en el camino, más allá del cementerio; era un ruido medido y rítmico que se acercaba: un ruido sordo de firmes pasos.
El sonido se acercaba. Las que escuchaban comprendieron su dimensión progresivamente. No eran pasos de dos, ni de una docena de hombres; tampoco de una veintena, sino de cientos y cientos. Las jóvenes no veían nada porque los altos arbustos del jardín formaban una pantalla frondosa que ocultaba el camino.