Shirley
Shirley OÃr, sin embargo, no bastaba, y asà lo comprendieron cuando el grupo de gente siguió avanzando y pareció pasar por delante de la rectorÃa. Aún se hizo más evidente cuando una voz humana quebró el silencio de la noche, aunque esa voz no pronunció más que una palabra:
—¡Alto!
¡Se hizo el alto! La marcha se detuvo. A continuación se oyeron los cuchicheos de una conversación, de la que no se distinguió una sola palabra desde el comedor.
—Tenemos que oÃr eso —dijo Shirley.
Se dio la vuelta, cogió las pistolas de la mesa, cruzó sigilosamente la ventana intermedia del comedor, que era, de hecho, una puerta cristalera, recorrió a hurtadillas el sendero hasta el muro del jardÃn, y se detuvo a escuchar bajo las lilas. Caroline no habrÃa abandonado la casa de haber estado sola, pero donde fuera Shirley, allá irÃa ella. Miró el arma que habÃa sobre el aparador, pero no la cogió y, al poco, estaba al lado de su amiga. No se atrevieron a asomarse por encima del muro por miedo a que las descubrieran: se vieron obligadas a acuclillarse a su sombra; oyeron estas palabras:
—Parece un edificio viejo y lleno de corredores. ¿Quién vive ahÃ, aparte del condenado rector?
—Sólo tres mujeres: su sobrina y dos criadas.
—¿Sabes dónde duermen?