Shirley
Shirley —Han hecho bien —replicó Shirley, sin perder la compostura—: los otros se defenderán; pueden hacerlo, los están esperando; con nosotras es diferente. TenÃa el dedo en el gatillo de esta pistola. Estaba dispuesta a darle a ese hombre, si entraba, una bienvenida con la que él no contaba, pero tras él venÃan trescientos más: no tengo trescientas manos ni trescientas armas. No podrÃa haberte protegido a ti, ni a mà misma, ni a las dos pobres mujeres que duermen bajo ese techo; por lo tanto, una vez más doy gracias a Dios de todo corazón por habernos librado de todo daño y del peligro. —Tras una segunda pausa, continuó—: ¿Qué me aconsejan hacer ahora el deber y la sensatez? Me alegra poder decir que no es quedarme aquÃ, inactiva, sino ir al Hollow, claro está.
—¿Al Hollow, Shirley?
—Al Hollow. ¿Vienes conmigo?
—¿Al mismo sitio al que se dirigen esos hombres?
—Han seguido por la carretera; no nos los encontraremos. El camino que atraviesa los campos es seguro, tranquilo y solitario como serÃa si discurriera por los aires. ¿Vendrás?