Shirley
Shirley A fuerza de insistir y persuadirla amablemente, la señorita Helstone consiguió tranquilizar a la agitada señora. Tras acompañarla a su habitación y prometerle que volvería con ella cuando todo estuviera arreglado, Caroline la dejó para ver, como explicó ella misma, «si podía ser útil». Al poco rato descubría que podía ser muy útil, pues la servidumbre de Fieldhead no era en modo alguno numerosa, y en aquel momento su señora tenía tareas más que suficientes para todos sus empleados y para sí misma. La delicada amabilidad y la habilidad con que Caroline se sumó al ama de llaves y a las doncellas —algo asustadas todas ellas por el desacostumbrado mal humor de su señora— tuvieron un efecto benéfico inmediato: ayudó a las sirvientas y aplacó a la señora. Una mirada casual y una sonrisa de Caroline movió a Shirley a responder con otra sonrisa. Caroline subía por la escalera de la bodega con una pesada cesta.
—¡Esto es una vergüenza! —exclamó Shirley, corriendo hacia ella—. Te darán calambres en los brazos.
Le cogió la cesta de las manos y la sacó al corral personalmente. El ataque de mal genio se había disipado cuando volvió; el destello de sus ojos se había derretido; el ceño había desaparecido: recobró su actitud de siempre con los que la rodeaban, cordial y risueña, calmando el ánimo soliviantado con cierta vergüenza por su injusta cólera.