Shirley
Shirley Hortense, que habÃa estado ajetreada durante un rato en los preparativos de la cena, y que despejaba ahora la mesa de libros y demás objetos para hacerle sitio a la bandeja, llamó la atención de Robert sobre el jarrón de flores, cuyos pétalos de color carmÃn, nieve y oro resplandecÃan literalmente a la luz de las bujÃas.
—Las han traÃdo de Fieldhead —dijo—, como obsequio para ti, sin duda. Ya sabemos quién es el favorito aquÃ, y no soy yo, estoy segura.
Era extraño oÃr bromear a Hortense, sÃntoma de un ánimo realmente exaltado.
—¿Debemos suponer, entonces, que el favorito es Robert? —preguntó Louis.
—Mon cher —contestó Hortense—. Robert, c’est tout ce qu’il y a de plus précieux au monde: à côté de lui, le reste du genre humain n’est que du rebut. N’ai-je pas raison, mon enfant[127]? —añadió, dirigiéndose a Caroline.
Caroline se vio obligada a responder que sÃ, y su luz se apagó, su estrella se desvaneció mientras hablaba.
—Et toi, Robert? —preguntó Louis.