Shirley

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La debilidad de sus dotes de comparación hacían de él una persona contradictoria; aunque profesaba algunas excelentes doctrinas generales sobre tolerancia e indulgencia mutuas, abrigaba una antipatía llena de prejuicios hacia ciertas clases: hablaba de «párrocos» y de cuantos estaban relacionados con ellos, y de «lords» y apéndices de lords, con una dureza, algunas veces insolencia, tan injusta como inaceptable. Era incapaz de ponerse en el lugar de los que vituperaba; no podía comparar sus errores con sus tentaciones, ni sus defectos con sus desventajas; no era capaz de comprender el efecto que tendrían circunstancias parecidas sobre sí mismo en caso de hallarse en una posición similar, y a menudo expresaba los deseos más violentos y tiránicos respecto a los que, en su opinión, habían actuado tiránicamente y con violencia. A juzgar por sus amenazas, habría empleado medios arbitrarios, incluso crueles, para avanzar en la causa de la libertad y la igualdad; sí, el señor Yorke hablaba de igualdad, pero en el fondo era un hombre orgulloso, muy afable con sus trabajadores, muy bueno con todos los que estaban por debajo de él y se conformaban dócilmente con seguir por debajo, pero altanero como Belcebú con cualquiera al que el mundo considerara superior a él (pues él no consideraba superior a ningún hombre). Llevaba la rebeldía en la sangre: no soportaba ser controlado; su padre y su abuelo no lo habían soportado, y sus hijos no lo soportarían.


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