Villette

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Aquella vez, el «¡déjeme!» sonó tan amargo e imperioso que me asombró que incluso la propia madame Beck tardara en obedecer; pero se mantuvo firme; le contempló impasible; no desvió su mirada al encontrarse con los ojos duros y amenazadores del profesor. Iba a despegar los labios para contestar; vi cómo el rostro de monsieur Paul se encendía y despedía llamas: soy incapaz de decir cómo hizo el movimiento; no pareció violento, guardó las formas; levantó la mano; apenas rozó a madame Beck, según creí ver; ella echó a correr, salió de la estancia como una exhalación; en un segundo, se había ido y la puerta estaba cerrada.

Aquel arrebato de cólera pasó en seguida. Monsieur Paul sonrió, diciendo que me enjugara las lágrimas; esperó en silencio hasta que me hube serenado, diciendo de vez en cuando alguna palabra de consuelo. Poco después estaba a su lado, recuperada… sin que me invadiera la desesperación, ni el abatimiento; ya no me sentía sin amigos, sin esperanzas, ni cansada de la vida y deseando la muerte.

—¿Le entristecía mucho perder a su amigo? —inquirió él.

—Me duele profundamente sentirme olvidada, monsieur —dije—. En todos estos insoportables días no he oído ni una palabra de usted, y me mortificaba la posibilidad, casi la certeza, de que se marchara sin decirme adiós.


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