Villette
Villette —En todos esos dÃas insoportables —exclamó, repitiendo mis palabras e imitando con gracia y dulzura mi voz y mi acento extranjero, una broma que no era nueva en sus labios y que jamás me herÃa, ni siquiera cuando iba acompañada, como sucedÃa a menudo, de la afirmación de que por muy bien que escribiera su lengua, la hablaba y siempre la hablarÃa de un modo incorrecto y vacilante—. «En todos esos dÃas insoportables», no me he olvidado ni un solo instante de usted. Las mujeres fieles se equivocan al pensar que son las únicas criaturas de Dios que atesoran esa virtud. Para ser sincero, hasta hace muy poco, tampoco yo podÃa decirlo; pero… mÃreme ahora.
Levanté mis ojos llenos de felicidad: estaban radiantes; de no haber sido asÃ, no habrÃan sido los intérpretes de mi corazón.
—Bien —dijo él, después de examinarme unos instantes—, es innegable que lleva esa firma: la Constancia la estampó; su pluma es de acero. ¿Fue muy doloroso?
—Terriblemente doloroso —repuse sin mentir—. DÃgale que retire su mano, monsieur; no puedo soportar más su presión.
—Elle est toute pâle —musitó—; cette figure là me fait mal[426].
—¡Ay! No es agradable mirarme, ¿verdad?