Villette

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—¡Ah! Decía que no me había acordado de usted en todos esos días insoportables —exclamó—. ¡Pobre y viejo Emanuel! ¿Es ésa la gratitud que merece después de pasar tres semanas espantosas yendo del pintor al tapicero, y del ebanista a la limpiadora? Lucy y la casita de Lucy, ¡los únicos pensamientos que le rondaban por la cabeza!

Apenas sabía qué hacer. Primero acaricié el suave terciopelo de su puño, y luego acaricié la mano que éste rodeaba. Era su previsión, su bondad, su silenciosa, fuerte y efectiva bondad, lo que me abrumaba con su tangible realidad. Era la certeza de que su interés por mí no había decaído lo que me iluminaba como una luz del cielo; era (me atreveré a decirlo) su mirada tierna y cariñosa lo que me conmovía de un modo indescriptible. En medio de todo aquello, me obligué a pensar en las cuestiones prácticas.

—¡Cuántas molestias! —exclamé—. Y ¡lo que habrá costado! ¿Tenía dinero, monsieur Paul?





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