Villette
Villette Regresamos a la rue Fossette a la luz de la luna: una luna como la que cayó sobre el Edén, brillando a través de las sombras del Gran Jardín e iluminando por azar un glorioso sendero, para un paso divino, una Presencia sin nombre. Una vez en la vida, algunos hombres y mujeres vuelven a esos primeros e inocentes días de nuestro Señor y Su Madre: saborean el rocío de la espléndida mañana y se bañan en su amanecer.
Durante el trayecto, monsieur Paul me contó que siempre había querido a Justine Marie Sauveur como a una hija; y que, con su consentimiento, ésta llevaba meses prometida a Heinrich Mühler, un joven y adinerado comerciante alemán, con el que se casaría transcurrido un año. Es cierto que a algunos parientes y amigos de monsieur Emanuel les habría gustado que contrajera matrimonio con ella, a fin de asegurar que su fortuna no saliera de la familia; pero a él le repugnaba el plan, y la idea le parecía completamente inadmisible.
Llegamos a la puerta del pensionnat de madame Beck. El reloj de la iglesia de St Jean Baptiste dio las nueve. A aquella hora, en aquella casa, dieciocho meses antes, aquel mismo hombre que estaba a mi lado se había acercado a mí, había examinado mi rostro y mis ojos, y había sido el árbitro de mi destino. Hoy había vuelto a acercarse, a contemplarme y a decidir. ¡Qué mirada tan distinta! ¡Qué destino tan diferente!