Villette
Villette Seguí al hombre por una calle toscamente empedrada, bajo la caprichosa luz de la luna; me condujo hasta la posada. Le ofrecí una moneda de seis peniques, que él rehusó; imaginando que no era suficiente, la cambié por un chelín, pero tampoco quiso aceptarlo, hablando con cierta brusquedad en una lengua que yo desconocía. Un criado que salió al callejón de la posada iluminado por una farola, me recordó en un inglés vacilante que mi dinero era moneda extranjera y allí no servía. Le di un soberano para que me lo cambiara. Arreglado este pequeño asunto, pedí una habitación; fui incapaz de cenar: aún estaba mareada y nerviosa, y me temblaba todo el cuerpo. Cómo me alegré cuando por fin se cerró la puerta de mi diminuto dormitorio y me quedé a solas con mi agotamiento. Una vez más podía descansar, aunque la nube de incertidumbre sería igual de densa al día siguiente; la necesidad de actuar, más apremiante; el peligro (o la miseria), más cercano; la lucha (por la subsistencia), más encarnizada.