Villette
Villette —¿Cómo es su baúl?
Se lo expliqué, sin olvidar la cinta verde en mi descripción. Él se apresuró a increpar al conductor, y en el torrente de frases en francés que siguió, tuve la impresión de que le reprendía duramente. Al poco rato, regresó junto a mí.
—El hombre dice que llevaba sobrecarga, y confiesa que sacó su baúl después de que usted le viera colocarlo y lo dejó en BoueMarine con otros paquetes. Sin embargo, ha prometido traérselo mañana; pasado mañana lo tendrá en esta oficina.
—Gracias —respondí, pero se me encogió el corazón.
Mientras tanto, ¿qué iba a hacer? Es posible que aquel caballero inglés viera en mi rostro cómo flaqueaban mis fuerzas, porque inquirió amablemente:
—¿Tiene usted amigos en la ciudad?
—No, y no sé dónde ir.
Él tardó unos instantes en contestar; y, cuando se volvió hacia la luz de una farola, vi que se trataba de un hombre joven, distinguido y muy apuesto; a mi entender, podía ser un lord: la naturaleza le había dotado de las cualidades de un príncipe, pensé. Su rostro era muy agradable; y su aspecto elegante, pero no altanero, varonil, pero no autoritario. Me di la vuelta, consciente de que no tenía ningún derecho a solicitar más ayuda de alguien como él.