Villette
Villette Hacia el mediodía, madame me llamó para que la ayudara a vestirse (al parecer, mi trabajo sería un híbrido entre gouvernante y doncella). Hasta esa hora, madame recorría la casa en bata, chal y silenciosas zapatillas. ¿Cómo habría podido tolerar esa costumbre la directora de un colegio inglés?
No supe cómo peinarle el pelo, que era abundante, de color castaño rojizo y sin canas, a pesar de sus cuarenta años. Al verme turbada, dijo:
—¿No ha sido femme de chambre en su país?
Y, quitándome el cepillo de las manos, me apartó sin brusquedad y sin faltarme al respeto, para peinarse sola. En cuanto al resto de su arreglo personal, me guié por sus indicaciones y su ayuda, sin que ella mostrara la menor irritación o impaciencia. Dejaré constancia de que aquélla fue la primera y última vez que solicitó mis servicios. A partir de entonces, recayeron en Rosine, la portera.