Villette
Villette Madame Beck era muy cautelosa, pero también podía ser increíblemente audaz. Lo cierto es que llevó al doctor John a la parte del edificio que servía de internado y le pidió que examinara a la altiva y hermosa Blanche de Melcy y a la vanidosa y coqueta Angélique, su amiga. Tuve la impresión de que al doctor John le complacía esta prueba de confianza; y, si un comportamiento discreto hubiera podido justificar ese paso, él lo habría justificado con creces. Sin embargo, en aquel país de conventos y confesionarios, una presencia como la suya en un Pensionnat de demoiselles no podía quedar impune. El internado se llenó de murmuraciones, la cocina de cuchicheos, la ciudad se hizo eco de los rumores, los padres escribieron cartas e hicieron visitas de protesta. Si madame Beck hubiera sido una mujer débil, aquélla habría sido su perdición: una docena de colegios rivales estaban dispuestos a convertir aquel paso en falso —si es que lo era— en su ruina; pero madame Beck no era una mujer débil y, aunque su comportamiento fuera un poco jesuítico, mi corazón aplaudió y gritó «¡Bravo!» al ser testigo de su inteligencia, habilidad, temple y firmeza.