Villette

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—¡Mire! —susurró de pronto él, cogiendo lo que yo le ofrecía y señalando algo entre las ramas.

Miré y vi a madame Beck, en chal, bata y zapatillas, bajando cautelosamente los escalones y deslizándose como un gato por el jardín: en unos segundos habría caído sobre el doctor John. Pero si ella parecía un gato, él actuó como un leopardo: nada podía ser más ligero que sus pasos cuando se lo proponía. Vigiló atentamente a madame y, cuando ella dobló un recodo, atravesó el jardín en dos zancadas silenciosas. Madame reapareció y él se había esfumado. Rosine le ayudó interponiendo en seguida la puerta entre él y su perseguidora. Yo también habría podido escaparme; pero preferí salir a su encuentro.

Aunque todos conocían mi costumbre de pasar el atardecer en el jardín, nunca me había quedado hasta tan tarde. Estaba convencida de que madame se había dado cuenta, y había salido a buscarme, dispuesta a coger a la rebelde desprevenida. Esperaba una reprimenda. Pero no. Madame fue un dechado de bondad. Ni siquiera me dirigió un reproche; ni mostró el menor asombro. Con ese tacto consumado, que no creo que ningún otro ser vivo fuera capaz de superar, llegó incluso a decir que sólo había salido para disfrutar de la brise du soir.


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