Villette

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Se me ocurrieron mil objeciones. El idioma extranjero, el escaso tiempo, el hecho de exhibirme en público… La Disposición retrocedió, la Habilidad flaqueó, el Amor Propio, ese mezquino defecto, tembló. «Non, non, non!», repetían todos; pero, al mirar a monsieur Paul y adivinar en sus ojos irritados, ardientes e inquisitivos una suerte de súplica bajo su tono amenazador, mis labios dejaron escapar la palabra «oui». Por unos instantes, su rígida expresión se dulcificó en un estremecimiento de alegría: pero se recuperó en seguida y prosiguió:

Vite à l’ouvrage[124]! Tome el libro; éste es su rôle: léalo.

Y yo lo leí. No me dedicó el menor elogio; en algunos pasajes frunció el ceño y dio una patada en el suelo. Me enseñó el mejor modo de hacerlo y yo me esforcé por imitarlo. Era un papel desagradable, el de un hombre… un petimetre con la cabeza vacía. Era imposible poner el alma o el corazón en él: resultaba odioso. La obra, un mero divertimento, trataba principalmente de los esfuerzos de dos rivales por conquistar la mano de una bella coqueta. Uno de los galanes se llamaba Ours, un hombre valiente y generoso, aunque poco refinado, una especie de diamante en bruto; el otro era un calavera, charlatán y traidor: y yo tenía que ser ese calavera, charlatán y traidor.


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