Villette
Villette El desván no era un lugar nada agradable: estoy convencida de que, si monsieur Paul hubiera sabido lo horrible que era, no me habría abandonado allí con tan poca ceremonia. Al ser un día de verano, hacía tanto calor como en África; de igual modo que en invierno hacía el mismo frío que en Groenlandia. Estaba lleno de cajas y cachivaches; viejos vestidos cubrían sus descoloridas paredes y telarañas, su polvoriento techo. Sus inquilinos eran ratas, escarabajos negros y cucarachas; y circulaban rumores de que, en una ocasión, se había visto allí al fantasma de la monja del jardín. Uno de sus extremos quedaba sumido en una oscuridad parcial; y, para aumentar el misterio de aquel rincón, una vieja cortina de color rojizo trataba de ocultar una sombría fila de capas invernales, colgando cada una de su gancho, como un malhechor de su horca. Decían que la monja salía de entre todas esas capas y de detrás de esa cortina. Yo no lo creía, y no sentía ningún temor al respecto; pero vi cómo una rata enorme y muy oscura, con una larga cola, salía reptando de aquel mísero hueco; y, además, mis ojos descubrieron muchos escarabajos negros desperdigados por el suelo. Es posible que todo aquello me perturbara más de lo que sería prudente reconocer, al igual que el polvo, los trastos viejos y el calor agobiante. Este último inconveniente se habría vuelto insoportable, de no haber hallado el modo de abrir y apuntalar la claraboya, dejando entrar así un poco de frescor. Empujé un arcón vacío hasta colocarlo bajo la abertura y, después de poner encima un cajón más pequeño y de quitarles el polvo a los dos, me recogí escrupulosamente el vestido (como recordará el lector, el mejor que tenía y, por ese motivo, digno del mayor cuidado), subí a aquella especie de trono improvisado y, una vez sentada, inicié mi aprendizaje; mientras estudiaba mi papel, extremé mi vigilancia sobre los escarabajos negros y las cucarachas, que me aterrorizaban aún más que las ratas.