Villette
Villette —Hija mÃa —dijo amablemente (y estoy segura de que era un hombre bueno: tenÃa una mirada compasiva)—, de momento, será mejor que se vaya; pero le aseguro que sus palabras me han impresionado. La confesión, como otras cosas, tiende a perder profundidad y trascendencia con la costumbre. Usted ha venido y me ha abierto su corazón; algo muy poco común. Me agradará meditar sobre su caso, y llevarlo conmigo al oratorio. Si usted hubiera abrazado nuestra fe, sabrÃa qué decirle; un espÃritu tan agitado sólo puede hallar reposo en el retiro y en la práctica escrupulosa de la devoción. Es bien sabido que el mundo no procura demasiadas satisfacciones a naturalezas como la suya. Algunos santos han pedido a penitentes como usted que se elevaran por medio de la penitencia, el sacrificio y las buenas obras difÃciles. En esta vida se les dan lágrimas como alimento y bebida —el pan de la aflicción y las aguas de la aflicción—, la recompensa llega después. Estoy convencido de que esas impresiones que padece usted son mensajeros de Dios para devolverla a la iglesia verdadera. Está usted hecha para nuestra fe: sin duda es la única que podrÃa curarla y ayudarla. El protestantismo es demasiado seco, frÃo y prosaico para usted. Cuanto más pienso en su caso, con más claridad veo que se sale de lo habitual. Bajo ningún concepto querrÃa perderla de vista. Váyase ahora, hija mÃa; pero vuelva a visitarme.