Villette
Villette Graham regresaba todas las tardes al techo materno (pasaba el dÃa en el colegio), y nuestras veladas se volvieron más animadas; algo a lo que contribuÃan las escenas que invariablemente representaban él y la señorita Paulina.
Una actitud distante y altanera habÃa sido la reacción de la pequeña ante la indignidad que le habÃa sido infligida la noche de la llegada de Graham. La respuesta habitual de la niña, cuando él le dirigÃa la palabra, era:
—No puedo atenderle; tengo otras cosas en que pensar.
Y cuando el joven le suplicaba que le dijera de qué se trataba, ella se limitaba a contestar:
—Asuntos.
Graham se esforzaba entonces por atraer su atención abriendo el escritorio para exhibir su variopinto contenido: sellos, brillantes cerillas y cortaplumas, junto con una miscelánea de grabados —algunos de vistoso colorido— que habÃa ido coleccionando. Aquella poderosa tentación no resultaba infructuosa; furtivamente, Paulina levantaba la vista de la labor y lanzaba más de una ojeada al escritorio rebosante de imágenes esparcidas. En cierta ocasión, el aguafuerte de un niño que jugaba con un spaniel Blenheim voló casualmente hasta el suelo.