Villette

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Le respondí que desconocía cuál había sido mi enfermedad, pero que había sufrido mucho, sobre todo anímicamente. No me pareció conveniente profundizar más en ese asunto, pues los detalles de cuanto había padecido concernían a una parte de mi existencia que no esperaba que mi madrina compartiera. ¡A qué regiones nuevas para su naturaleza juiciosa y serena la habría conducido semejante confidencia! La diferencia entre ella y yo se asemejaba a la de un majestuoso barco que navega seguro por un mar bonancible —con una buena tripulación y un capitán risueño, valiente, aventurero y prudente— y un solitario bote salvavidas, casi todo el año en seco en su oscuro galpón, que sólo echan al agua cuando estalla la tempestad y el mar se enfurece, cuando las nubes se encuentran con las olas, cuando el peligro y la muerte se reparten el dominio de las grandes profundidades. No, el Louisa Bretton jamás abandonaba el puerto en una noche así, ni en una escena semejante: su tripulación no podía siquiera imaginarlo; así que el marinero medio ahogado del bote salvavidas guarda silencio y se niega a inventar excusas.

La señora Bretton se despidió de mí y yo me quedé feliz en la cama: ¡qué amable había sido Graham al acordarse de mí antes de su marcha!



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