Villette
Villette —Lo que me impide ayudarla con pócimas o pÃldoras. Los medicamentos no pueden animar a las personas. Mi arte se detiene en el umbral de la HipocondrÃa[157]: se limita a mirar en su interior y contemplar una cámara de tortura; pero no puede decir ni hacer casi nada. Le sentarÃa bien disfrutar de una compañÃa alegre, no estar casi nunca sola, hacer mucho ejercicio.
Mi conformidad y un largo silencio siguieron a sus comentarios. Pensé que sonaban muy bien, y venÃan respaldados por la costumbre y el uso habitual.
—Señorita Snowe —prosiguió el doctor John (ahora que mi salud y mi sistema nervioso se habÃan convertido, creo que por fortuna, en tema de discusión)—, ¿me permite preguntarle cuál es su religión? ¿Es usted católica?
Alcé la cabeza sorprendida.
—¿Católica? ¡No! ¿Por qué se le ha ocurrido semejante idea?
—El modo en que me fue confiada ayer por la noche me hizo dudar.
—¿Me confiaron a usted? Pero, es cierto, lo habÃa olvidado… TodavÃa desconozco cómo acabé en sus manos.