Villette
Villette Dejándome guiar por ellos, conocí, durante aquella feliz quincena, más cosas de Villette, de sus alrededores y de sus habitantes que en los ocho meses que llevaba en la ciudad. Graham me enseñó los lugares de interés, cuyos nombres ni siquiera había oído mencionar; y con inteligencia y entusiasmo me informó de cuanto debía saber. No parecía costarle nada hablar conmigo, y yo siempre disfruté escuchándolo. No trataba los temas vaga o fríamente; rara vez generalizaba, jamás resultaba aburrido. Los detalles divertidos le gustaban tanto como a mí; era muy observador, y no parecía escapársele nada. Por eso su conversación era tan interesante; y el hecho de que sus opiniones salieran espontáneamente de él, en lugar de sacarlas o robarlas de los libros —verdades a secas, comentarios trillados, apreciaciones poco originales—, proporcionaba una frescura a sus palabras tan excepcional como grata. Ante mis ojos, asimismo, su carácter parecía desplegar una faceta desconocida; trasladarse a un día más radiante: levantarse en un nuevo y noble amanecer.