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Mi madrina decretó que aquella noche iría con ella y con Graham a un concierto: un importante acontecimiento, según me explicó, que se celebraría en la gran sala de la principal sociedad musical del país. Tocarían los mejores alumnos del Conservatorio, e iría seguido de una rifa au bénéfice des pauvres; para coronarlo todo, el rey, la reina y el príncipe de Labassecour estarían presentes. Graham, al enviar las entradas, había pedido que prestáramos la debida atención a nuestros atuendos, por respeto a la realeza; nos recomendó, asimismo, que estuviéramos listas a las siete en punto.

Cerca de las seis me condujeron al piso de arriba. Sin que nadie me obligara, me vi guiada e influida por una voluntad que no era la mía, que no me consultaba ni me persuadía, y a la que obedecía con docilidad. En pocas palabras, me pusieron el vestido rosa, atenuado por unas cintas de encaje negro. Me declararon en grande tenue[176], y me rogaron que me mirara en el espejo. Lo hice temblando de miedo; y, todavía más asustada, aparté la vista de él. El reloj dio las siete; el doctor Bretton había llegado; mi madrina y yo bajamos. Ella llevaba un vestido de terciopelo marrón; mientras la seguía protegida por su sombra, ¡cómo envidié los pliegues de su grave y oscura majestuosidad! Graham nos aguardaba en el umbral del salón.

«Espero que no crea que me he arreglado así para llamar la atención», pensé con inquietud.


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