Villette
Villette La dulzura insinuante no era más aceptable que la curiosidad inquisitorial. Guardé silencio. Monsieur Paul entró en el refectorio, se sentó en un banco a dos yardas de mÃ, y pasó bastante tiempo intentando, pacientemente, que yo entablara conversación… algo inútil, pues yo no podÃa hablar. Finalmente, le rogué que me dejara sola. Al pedÃrselo con voz entrecortada, hundà la cabeza entre los brazos y me apoyé en la mesa. Lloré amargamente, aunque en silencio. Él se quedó un poco más. No levanté la mirada ni dije nada, hasta que el ruido de la puerta al cerrarse y de unos pasos que se alejaban me hicieron comprender que se habÃa marchado. Aquellas lágrimas aliviaron mi dolor.