Villette
Villette —¡Cultivar la felicidad! —exclamé lacónicamente—. ¿Usted cultiva la felicidad? ¿Cómo se las arregla?
—Soy un hombre jovial por naturaleza, y la mala suerte nunca me ha perseguido. La adversidad nos miró ceñuda y pasó a nuestro lado, pero mi madre y yo la desafiamos o, más bien, nos reÃmos de ella, y continuó su camino.
—Es algo imposible de cultivar.
—No dejo que me invada la melancolÃa.
—SÃ, yo he visto cómo le dominaba ese sentimiento.
—Por culpa de Ginevra Fanshawe, ¿no es as�
—¿Acaso no le ha hecho sentirse desgraciado algunas veces?
—¡Bah! ¡Qué tonterÃa! Ya ve que ahora estoy mucho mejor.
Si unos ojos risueños y llenos de vida y un rostro resplandeciente de salud y de energÃa podÃan atestiguar que estaba mucho mejor, la cosa no admitÃa duda.
—La verdad es que no tiene mal aspecto —reconocÃ.
—Y ¿por qué, Lucy, no intenta sentirse como yo, optimista, animosa y capaz de desafiar a todas las monjas y a todas las coquetas de la cristiandad? DarÃa cualquier cosa por ver cómo se burla de ello. Vamos, inténtelo.