Villette

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Y entonces, en menos tiempo del que necesita la pluma para escribirlo, se desató el pánico, y empezaron las carreras, los empujones… un caos ciego, egoísta, cruel.

¿Y el doctor John? Todavía me parece estar viéndolo, con su aire tranquilo y animoso.

—Lucy se quedará sentada, lo sé —dijo, mirándome con la misma serena bondad y tranquila firmeza que le había visto cuando me sentaba a su lado en la calma segura de la casa de su madre.

Sí, creo que para atender su ruego habría seguido inmóvil bajo un alud de rocas; si bien es cierto que, en aquellas circunstancias, mi instinto me pedía seguir sentada; y, aunque me hubiera costado la vida, no me habría movido para estorbarle, contrariar su voluntad o atraer su atención. Estábamos en el patio de butacas y, durante unos minutos, tuvimos que soportar los más terribles y violentos empujones.

—¡Qué aterrorizadas están las mujeres! —exclamó—. Pero, si los hombres no lo estuvieran también, se podría mantener el orden. Es un espectáculo lamentable: en este instante veo a cincuenta bestias egoístas que tiraría al suelo si estuvieran a mi lado. Algunas mujeres son mucho más valientes que algunos hombres. Hay una allí… ¡Válgame Dios!


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