Villette

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Como perdimos algún tiempo buscando nuestro équipage[217], llegamos al Hôtel de Crécy unos diez minutos más tarde que aquellos desconocidos. No se trataba de una posada, sino de lo que los extranjeros llaman hotel: un elegante edificio de gran altura con varias viviendas en su interior; tenía un arco gigantesco en la entrada, que conducía a través de un camino abovedado hasta un patio central.

Nos apeamos del carruaje, subimos una hermosa escalinata y nos detuvimos en el segundo piso, ante el Número 2; según me informó Graham, la primera planta la ocupaba no sé qué prince ruse. Al tocar la campanilla en una segunda puerta, de considerable tamaño, nos invitaron a entrar en una serie de estancias bellamente decoradas. Después de ser anunciados por un criado de librea, entramos en un salón en cuya chimenea ardía un fuego inglés y en cuyas paredes resplandecían varios espejos extranjeros. Cerca de la lumbre, había un pequeño grupo: una figura menuda hundida en un sillón, una o dos mujeres atendiéndola, y el caballero de pelo gris plomizo mirándola preocupado.

—¿Dónde está Harriet? Me gustaría que viniera Harriet —musitó la voz infantil.

—¿Dónde está la señora Hurst? —preguntó el caballero con impaciencia, dirigiéndose con cierta severidad al criado que nos había dejado entrar.


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