Villette

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—¿Es usted la pequeña Polly?

—Soy Paulina Mary Home de Bassompierre.

¡Cuánto puede hacer cambiar el tiempo! La pequeña Polly ofrecía en sus pálidas y menudas facciones, en su delicada simetría, en su expresión cambiante, cierta promesa de gracia e interés; pero Paulina Mary se había vuelto hermosa; no con esa belleza que deslumbra nuestra mirada, como una rosa —esférica, perfecta, lozana—, ni con los atributos de su prima Ginevra, rolliza, sonrosada, rubísima; pero sus diecisiete años le habían infundido un encanto tierno y refinado que no residía, creo yo, en el color de su tez, que era muy blanco; ni en su figura, aunque sus rasgos estaban llenos de dulzura y sus brazos y piernas, torneados a la perfección; sino más bien en el tenue resplandor que irradiaba su alma. No era un jarrón opaco de un valioso material, sino una lámpara que brillaba castamente, evitando extinguirse, pero sin escapar a la adoración, una llama vital y vestal. Al mencionar sus atractivos, no quisiera exagerar; pero lo cierto es que me parecían cautivadores y muy reales. A pesar de tenerlo todo en pequeña escala, era el perfume lo que daba distinción a esa violeta blanca, y la hacía superior a la camelia más exuberante… a la dalia más hermosa que haya florecido jamás.

—¡Vaya! ¿Y puede acordarse de los viejos tiempos de Bretton?


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