Villette
Villette «La ratita» se acercó a él sigilosamente y se tumbó a sus pies en la alfombra, boca abajo; silenciosa e inmóvil, siguió en esa postura hasta la hora de acostarse. En un momento dado vi cómo Graham —en absoluto consciente de su proximidad— la empujaba con su inquieto pie. Ella retrocedió un par de pulgadas. Poco después, una manita salió de debajo del rostro que antes apretaba, y acarició suavemente el descuidado pie. Cuando su niñera la llamó, se levantó y se fue muy obediente tras desearnos buenas noches a todos con voz apagada.
No diré que temía irme a la cama, una hora más tarde; pero lo cierto es que me encaminé a la habitación con el inquietante presentimiento de que no iba a encontrar a la niña pacíficamente dormida. Aquella premonición se cumplió cuando la encontré, muy triste y desvelada, posada como un pájaro blanco en el borde la cama. No sabía cómo dirigirme a ella, pues era muy diferente de cualquier otro niño; pero fue Polly quien se dirigió a mí. Cuando cerré la puerta y puse la vela encima del tocador, se volvió hacia mí con estas palabras:
—No puedo… no puedo dormir; y no puedo… ¡no puedo vivir así!
Le pregunté qué le ocurría.
—¡Qué horrible zu… frimiento! —exclamó con su lastimoso ceceo.
—¿Quieres que llame a la señora Bretton?