Villette

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—Qué tontería —respondió con impaciencia; y yo sabía muy bien que, si hubiera oído los pasos de la señora Bretton, se habría acurrucado bajo las sábanas y se habría quedado tan quieta como un ratón. Así como no le preocupaba mostrar todas sus excentricidades delante de mí —a quien apenas profesaba algún cariño—, jamás dejaba vislumbrar su ser interior ante mi madrina; para ella no era más que una muchachita dócil y un poco extraña. La observé; tenía las mejillas de color carmesí, y los dilatados ojos, turbados y brillantes a la vez, dolorosamente inquietos; era obvio que no podía dejar que continuara en ese estado hasta la mañana siguiente. Adiviné cuál podía ser el remedio.

—¿Te gustaría volver a dar las buenas noches a Graham? —pregunté—. Aún no se ha ido a su habitación.

Ella se apresuró a alargar los bracitos para que la cogiera. La envolví en un chal y la llevé de nuevo al salón. Graham salía en aquel preciso instante.

—No puede dormir sin verte y hablar contigo otra vez —exclamé—. No le gusta la idea de dejarte.

—La he mimado demasiado —repuso él de buen humor, tomándola en sus brazos para besarle la carita y los labios ardientes—. Polly, ahora me quieres más a mí que a papá…

—Yo te quiero, pero tú a mí no —susurró ella.


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