Villette
Villette Cuando subimos al salón para tomar el té, cogió el brazo de su padre: lo natural para ella era estar siempre a su lado; los ojos y los oídos de la joven estaban dedicados a él. El conde de Bassompierre y la señora Bretton dirigían la conversación de nuestro pequeño grupo, y Paulina era quien les escuchaba con mayor atención, no perdiéndose una palabra de lo que decían, rogándoles que repitieran este detalle o aquella aventura.
—¿Dónde estabas por aquel entonces, papá? Y ¿qué dijiste luego? Cuéntale a la señora Bretton lo que pasó aquel día.
Y de ese modo le animaba a hablar.
No volvió a mostrar un júbilo exagerado; la chispa infantil no saltó de nuevo aquella noche: fue dulce, amable, dócil. Resultó encantador ver cómo nos daba las buenas noches; se dirigió al doctor John con cierta solemnidad: en su sonrisa apenas esbozada y en su silenciosa reverencia apareció la condesa, y Graham no pudo sino extremar su seriedad y devolverle el saludo. Comprendí que él no sabía armonizar en su interior el hada danzarina con la delicada dama.
Al día siguiente, cuando nos reunimos alrededor de la mesa del desayuno, tiritando de frío tras el gélido aseo matutino, la señora Bretton decretó que ninguno de nosotros, salvo en caso de extrema necesidad, abandonaría La Terrasse aquel día.