Villette

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Lo cierto es que salir parecía casi imposible; la nieve amontonada oscurecía los cristales inferiores de las ventanas, y, al mirar al exterior, el cielo y el aire parecían irritados y sombríos, y el viento y la nieve combatían con ferocidad. Había dejado de nevar, pero las ráfagas de viento, breves y violentas, arrancaban de la tierra los copos caídos, que se arremolinaban y formaban cientos de figuras increíbles.

La condesa secundó a la señora Bretton.

—Papá no saldrá —exclamó, colocando su silla junto a la butaca de su progenitor—. Yo me ocuparé de él. No irás a la ciudad, ¿verdad, papá?

—Sí y no —fue su respuesta—. Si la señora Bretton y tú sois muy buenas conmigo, Polly… ya sabes, atentas y amables; si me tratas bien y me mimas mucho, es posible que decida esperar una hora para ver si amaina este viento tan horrible. Pero veo que no me das el desayuno; no me ofreces nada: me dejas morir de hambre.

—¡Rápido! Por favor, señora Bretton, sirva usted el café —le rogó Paulina—, mientras yo me ocupo de que al conde de Bassompierre no le falte nada: desde que se ha convertido en un conde, necesita tantas atenciones…

Escogió un panecillo y se lo preparó.


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