Villette
Villette —Aquà tienes tus pistolets[228] cargados, papá —señaló—. Y toma un poco de mermelada de naranja, la misma que tomábamos en Bretton; decÃas que era tan buena como si la hubieran hecho en Escocia.
—Y que Su SeñorÃa solÃa pedirme para mi hijo… ¿te acuerdas, Paulina? —interrumpió la señora Bretton—. ¿Has olvidado cómo te acercabas a mà y me tirabas de la manga susurrando: «Por favor, señora, algo bueno para Graham… un poquito de mermelada o de miel»?
—No, mamá —exclamó el doctor John, riéndose al tiempo que enrojecÃa—; seguro que no era asÃ: ¡qué podÃan importarme esas cosas!
—¿Le importaban o no, Paulina?
—Le gustaban —afirmó la joven.
—No se avergüence de ello, John —le animó el señor Home—. A mà siempre me han gustado. Y Polly mostraba su buen juicio al preocuparse de la comodidad material de un amigo: fui yo quien le enseñé esas buenas costumbres… y no dejo que las olvide. Polly, ¿me das una loncha muy fina de esa lengua?
—Toma, papá; pero recuerda que sólo te atendemos asà de bien para que te quedes todo el dÃa en La Terrasse.
—Señora Bretton —dijo el conde—, quisiera librarme de mi hija, enviarla a un colegio. ¿Conoce usted alguno que sea bueno?