Villette

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—Pues será mejor que olvides ese sentimiento, señorita de Bassompierre: cógelo con las dos manos como si fuera una pequeña cría de ánsar que se hubiera escapado volando; déjalo de nuevo en el cálido nido del corazón del que salió, y escucha mis palabras. Si mi Polly llegara a conocer por experiencia la endeble naturaleza de los bienes de este mundo, me gustaría que se comportara como Lucy: que trabajase a fin de no ser una carga para familiares y amigos.

—Sí, papá —respondió ella, triste y dócilmente—. Pero ¡pobre, Lucy! Pensé que era una joven rica que tenía amigos ricos.

—Pues pensaste neciamente: yo nunca lo creí así. Cuando tuve tiempo de observar los modales y el aspecto de Lucy, algo muy poco frecuente, me di cuenta de que era alguien que tenía que proteger, no ser protegido; alguien que tenía que hacer las cosas, no esperar a ser servida. Y supongo que lo que le ha tocado en suerte vivir ha sido una experiencia por la que algún día, si su existencia es suficientemente larga para comprender todas sus ventajas, bendecirá a la Providencia. Pero ese colegio —prosiguió, cambiando su tono grave por otro alegre—, ¿cree usted que madame Beck admitiría a mi Polly, señorita Lucy?

Respondí que lo mejor sería preguntárselo. Pronto lo sabríamos; a madame le gustaban las alumnas inglesas.


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