Villette
Villette Graham, sin embargo, debía irse; tenía una profesión con unas exigencias que no podían incumplirse ni aplazarse. Salió de la estancia, pero volvió a entrar antes de abandonar la casa. Estoy convencida de que no regresó para coger un papel o una tarjeta de su escritorio, como pretendió hacernos creer, sino para asegurarse, con una nueva ojeada, de que la Paulina que perduraba en su memoria era real: de que, de algún modo, no había estado contemplándola bajo una luz parcial o artificial, y cometiendo un vano error. ¡No! Comprendió que su impresión era certera y, en lugar de perder, pareció ganar con su regreso. Y Graham se llevó con él una mirada de despedida —tímida, pero muy dulce— tan hermosa e inocente como la que lanzaría cualquier cervatillo guarecido bajo unos helechos, o cualquier cordero desde su lecho de hierba.