Villette
Villette Cuando nos quedamos solas, Paulina y yo estuvimos un buen rato calladas; las dos sacamos nuestras labores, y trabajamos afanosamente en ellas sin decir una palabra. El costurero de madera blanca de los viejos tiempos había sido reemplazado por otro de marquetería con preciosas incrustaciones y herrajes dorados; los pequeños y temblorosos dedos que apenas podían guiar la aguja, aunque continuaban siendo diminutos, se movían ahora con rapidez y destreza; pero allí seguían los mismos gestos delicados, el mismo ceño fruncido, los mismos movimientos vivaces… ya fuera para arreglarse un mechón del cabello o para sacudirse de la falda de seda una mota imaginaria de polvo o la hebra de un hilo.
Aquella mañana yo estaba predispuesta al silencio: la furia severa del día invernal parecía intimidarme. La cólera de enero, tan blanca e incruenta, aún no se había apaciguado. Los rugidos de la tormenta habían enronquecido, pero no daban la impresión de estar más cerca del agotamiento. Si Ginevra Fanshawe hubiera estado conmigo en aquella estancia, no me habría dejado meditar ni escuchar en paz. La presencia que acababa de abandonarnos habría sido su tema de conversación; y ¡cuántas vueltas le habría dado a lo mismo! ¡Cómo me habría perseguido y fastidiado con sus preguntas y suposiciones! ¡Cómo me habría atosigado e importunado con comentarios y confidencias que yo no quería y deseaba evitar!