Villette
Villette Paulina Mary me dirigió un par de miradas silenciosas pero penetrantes con sus enormes ojos negros, y sus labios entreabiertos parecieron querer expresar algo; pero percibió y respetó delicadamente mi inclinación al silencio.
«Esto no durará mucho», pensé, pues no estaba acostumbrada a encontrar en las mujeres y en las niñas el menor dominio de sí mismas, o el menor espíritu de sacrificio. Por lo que sabía de ellas, la oportunidad de chismorrear sobre sus secretos normalmente triviales, sobre sus sentimientos a menudo insustanciales y mezquinos, era un placer al que no renunciaban fácilmente.
La pequeña condesa prometía ser una excepción: cuando se cansó de sus labores, cogió un libro.
Como si fuera una decisión del azar, lo buscó en los estantes del doctor John; y resultó ser un viejo volumen de Bretton, una obra ilustrada de historia natural. A menudo había visto a Graham con aquel libro apoyado en las rodillas, mientras Paulina, de pie a su lado, le leía algún párrafo; y, cuando terminaba la clase, la niña le pedía que, como premio, le explicara las ilustraciones. Observé detenidamente a la joven: allí estaba la prueba de que no había exagerado al hablar de su memoria; ¿serían ahora fieles sus recuerdos?