Villette
Villette Y estuvo pendiente de su regreso al acercarse el anochecer; pero del modo más silencioso: andando por la estancia sin hacer ruido. De vez en cuando detenía su aterciopelada marcha; y aguzaba el oído para percibir el son del ocaso, aunque más bien debería decir el silencio del ocaso, ya que, finalmente, el viento había amainado. El cielo, liberado de su avalancha, se extendía pálido y desnudo; a través de las ramas peladas de la avenida, podíamos verlo y admirar el resplandor polar de la luna de año nuevo: una esfera tan blanca como un mundo de hielo. Tampoco tardamos en ver el regreso del carruaje.
Paulina no bailó ninguna danza de bienvenida aquella noche. Con aire circunspecto, se apresuró a tomar posesión de su padre en cuanto éste llegó; convirtiéndolo en su propiedad, le condujo al asiento de su elección y, mientras le colmaba de elogios por haber sido tan bueno y haber vuelto tan pronto, cualquiera habría pensado que era la fuerza de sus pequeñas manos la que le había sentado en aquella butaca y le había procurado comodidad; pues el corpulento caballero parecía encantado de someterse a su dominio… cuyo poder residía únicamente en el amor.