Villette

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Graham tardó unos minutos más que el conde en aparecer. Paulina se dio media vuelta al oír sus pasos: los dos jóvenes sólo se dirigieron una o dos palabras; sus dedos se encontraron unos instantes, pero lógicamente apenas se rozaron. Paulina continuó al lado de su padre; Graham se desplomó en un sillón, en el otro extremo de la sala.

Afortunadamente, la señora Bretton y el señor Home tenían muchas cosas que decirse… sus viejos recuerdos constituían una fuente inagotable de conversación; de lo contrario, creo que nuestro grupo apenas habría hablado aquella noche.

Después del té, la veloz aguja y el bonito dedal dorado de Paulina empezaron a moverse afanosamente a la luz de la lámpara, pero sus labios no se despegaron y sus ojos parecieron reacios a levantar los párpados de largas y suaves pestañas. Graham debía de estar agotado tras su día de trabajo: escuchando respetuosamente a sus mayores, apenas hizo comentarios, y siguió con la mirada el reflejo del dedal de Paulina, como si fuera el destello del ala de una polilla, o la cabeza dorada de alguna pequeña y vivaz serpiente amarilla.



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