Villette
Villette No podÃa contradecir semejante sentimiento, y no lo hice.
—DÃgame cuándo es su fête —prosiguió—, y no escatimaré unos céntimos para hacerle un pequeño regalo.
—Hará lo mismo que yo: esto me ha costado más de unos céntimos, y no he escatimado su precio.
Y, sacando la cajita del pupitre, se la puse en la mano.
—La tenÃa preparada en mi regazo esta mañana —continué—; y, si monsieur hubiera sido algo más paciente, y mademoiselle St Pierre menos entrometida —tal vez deberÃa decir también, si yo hubiera sido más frÃa y sensata—, se la habrÃa entregado.
Monsieur Paul miró la cajita: comprendà que su color, claro y muy cálido, y la brillante guirnalda azul eran de su agrado. Le pedà que la abriera.
—¡Mis iniciales! —exclamó, señalando las letras en la tapa—. ¿Quién le dijo que me llamaba Carl David?
—Un pajarito, monsieur.
—¿Puede volar desde mà hasta usted? Entonces se le podrÃa atar un mensaje bajo el ala siempre que fuera necesario.