Villette
Villette «Las mujeres intelectuales» fue su siguiente tema: en él se encontraba a sus anchas. Una «mujer intelectual», al parecer, era una especie de lusus naturae, un accidente desafortunado, algo para lo que no existÃa lugar ni cometido en la creación, y que nadie querÃa como esposa o empleada. La belleza le llevaba la delantera en esa primera ocupación. Estaba convencido de que la encantadora, apacible y pasiva mediocridad femenina era la única almohada en la que el pensamiento y el buen juicio masculinos podÃan encontrar descanso para sus sienes doloridas; en cuanto al trabajo, sólo una cabeza viril podÃa hacerlo con buenos resultados, ¿no?
Aquel «¿no?» pretendió arrancarme alguna réplica u objeción. Sin embargo, me limité a decir:
—Cela ne me regarde pas: je ne m’en soucie pas[310] —y añad×: ¿Puedo irme, monsieur? Ha sonado la campanilla del segundo déjeuner (es decir, almuerzo).
—Y eso ¿qué importa? ¿Acaso tiene hambre?
—Claro que sà —contesté—; no he comido nada desde el desayuno, a las siete, y, si no voy ahora, no tomaré nada hasta las cinco.
Bueno, monsieur Paul estaba en la misma situación, pero podÃa compartir con él su refrigerio.