Villette

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Sobre este asunto, monsieur Paul y yo entablamos más de una batalla… una dura batalla, en la que se oía el fragor de la exigencia y el rechazo, la exacción y la repulsa.

Aquel día en especial, me regañó severamente. La obstinación de todo mi sexo, al parecer, estaba concentrada en mí; tenía un orgueuil de diable[314]. ¿De veras temía fracasar? ¿Qué más daba si lo hacía? ¿Quién era para no poder fracasar como otros mejores que yo? Fracasar sería bueno para mí. Deseaba verme derrotada (sé que era cierto), y se detuvo unos instantes para recobrar el aliento.

¿Quería hablar ahora y mostrarme razonable?

—Jamás me mostraré razonable en este asunto. Ni siquiera la ley podría obligarme. Pagaría una multa, o renunciaría a mi libertad, antes que escribir lo que otro me ordenase en público, subida en un estrado.

¿Podían influir en mí otros motivos más sutiles? ¿Cedería en nombre de la amistad?

—Ni un ápice, absolutamente nada. No hay amistad bajo el sol con derecho a arrancar semejante promesa. Ninguna amistad verdadera me hostigaría de este modo.

El profesor supuso entonces (con aquella expresión burlona que tan bien dominaba: torciendo el gesto, abriendo los orificios nasales, contrayendo los párpados) que yo sólo respondería a una apelación, una a la que él no estaba dispuesto a recurrir.


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