Villette

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—Si se lo pidieran ciertas personas, de cierta parte de la ciudad, je vous vois d’ici[315] —dijo—, aceptando con entusiasmo el sacrificio, preparándose enardecida para el esfuerzo.

—Haciendo el ridículo, poniéndome en evidencia ante ciento cincuenta «papás» y «mamás» de Villette.

Y, al decir esto, perdí la paciencia y grité que me liberase, que me dejara salir al aire libre; mi estado era casi febril.

—¡Bah! —respondió la voz inexorable.

Aquello era un simple pretexto para escaparme: él no estaba nada acalorado, y tenía la estufa detrás; ¿cómo iba a estarlo yo si su persona me tapaba el fuego?

Yo no comprendía su constitución. No sabía nada de la historia natural de las salamandras. En cuanto a mí, era una isleña flemática, y sentarme en un horno no me sentaba bien; si pudiera al menos acercarme al pozo y beber un vaso de agua… las manzanas dulces habían despertado mi sed.

Si eso era todo, él se encargaría de traérmelo.

Monsieur Paul se fue a buscar el agua. Por supuesto, como la puerta no estaba cerrada con llave, aproveché mi oportunidad. Antes de que regresara, su inquieta presa había escapado.


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