Villette
Villette Me dirigí a l’allée défendue: si hubiera estado oscuro o a punto de anochecer, no me habría aventurado a ir, pues aún no había olvidado la curiosa ilusión óptica (si es que se trataba de una ilusión) experimentada unos meses antes en aquel mismo lugar. Pero un rayo del sol poniente bañaba todavía la cúpula gris de St Jean Baptiste; y no todos los pájaros del jardín se habían retirado a sus nidos entre los frondosos arbustos y la espesa hiedra del muro. Paseé arriba y abajo, dando vueltas a los mismos pensamientos que me habían acosado la noche en que enterré mi botella de cristal: cómo podría progresar en la vida, dar un nuevo paso hacia una posición independiente; pues esa clase de elucubraciones, aunque habían dejado de atormentarme, jamás habían desaparecido por completo de mi cabeza; y siempre que ciertos ojos se apartaban de mí, y que cierto rostro se oscurecía empujado por la crueldad o la injusticia, volvían a desatarse en mí esas conjeturas; así pues, poco a poco, había madurado un pequeño plan.